Fracking en México: ¿Existe una versión menos contaminante?
México tiene una de las reservas de gas de lutitas (shale gas) o gas esquisto más grandes del mundo, principalmente en el noreste del país (Mueller, 2013). No obstante, los costos ambientales para su extracción han señalado efectos nocivos para el ambiente (como la contaminación de acuíferos o incrementos en la sismicidad) además de efectos negativos en la salud de las personas por 55 sustancias con potencial cancerígeno
¿Qué es el fracking y qué tipos existen?
Imagina que quieres sacar el jugo de una naranja pero la cáscara es muy dura. El fracking (fracturación hidráulica) es básicamente eso: inyectar a presión una mezcla de agua, arena y químicos para romper rocas profundas, como las lutitas o esquistos, y liberar el gas o petróleo atrapado en sus poros (Carmalt & Moscariello, 2020). Hay varias técnicas, y las más importantes son:
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Fracturación hidráulica convencional (la más usada): Se perfora un pozo vertical que luego se desvía horizontalmente (a veces por más de un kilómetro). Se inyecta agua mezclada con arena (que mantiene abiertas las fracturas) y químicos. Es la técnica dominante en Estados Unidos y la que se ha probado en México (Bryant & Haggstrom, 2012; Carmalt & Moscariello, 2020).
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Fracturación con espuma (foam fracking): Se mezcla el agua con gases como nitrógeno o CO2 para formar una espuma. Esto reduce el consumo de agua entre un 50 y un 90% frente al método convencional (Zhang et al., 2018).
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Fracturación con CO2 líquido o supercrítico: Se usa CO2 puro en lugar de agua. Al no tener fase acuosa, elimina el riesgo de contaminar acuíferos con químicos y no daña las arcillas del subsuelo. Su desventaja: es caro y su baja viscosidad dificulta transportar la arena (Zhang et al., 2018).
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Fracturación con nitrógeno líquido: Similar al CO2 pero con nitrógeno, que al evaporarse genera mucho volumen y presiones adicionales. También evita usar agua (Zhang et al., 2018).
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Fracturación con gases de alta energía (HEGF): Usa la deflagración controlada de propelentes para generar fracturas. No necesita agua, pero las fracturas son más cortas (pocos metros) y no usa arena para mantenerlas abiertas (Zhang et al., 2018).
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Fracturación con fluidos reversibles activados por CO2: Es la variante más moderna de todas: se inyecta un polímero (polialilamina) disuelto en agua que, al contacto con el CO2 presente en el subsuelo, se expande entre 80% y 150% de su volumen original y forma un gel espeso. Esto genera presión para fracturar la roca usando mucha menos agua —hasta 10 veces menos—, y lo mejor es que el proceso es reversible: al despresurizar, el gel se vuelve líquido de nuevo y se puede recuperar, reciclar y reutilizar (Jung et al., 2015).
¿Y los contaminantes? ¿Qué sale del pozo además del gas?
Aquí viene lo preocupante. Aunque el fracking suene a “solo agua, arena y químicos”, en la práctica hay varias fuentes de contaminación:
Químicos en el fluido de fracturación
El fluido es 99% agua y arena, pero ese 1% restante —que parece poco— equivale a miles de litros por pozo. Incluye ácidos (como clorhídrico), biocidas para matar bacterias, reductores de fricción, inhibidores de corrosión, surfactantes y más. Muchos de estos químicos son tóxicos y algunos incluso cancerígenos (Wilke & Freeman, 2017). Históricamente las empresas los mantenían en secreto industrial, pero ahora hay bases de datos públicas como FracFocus donde se reportan (Tollefson, 2013).
Aguas de retorno (flowback)
Cuando se libera la presión, entre un 10% y un 70% del agua inyectada regresa a la superficie. Pero ya no es agua limpia: viene cargada con metales pesados (bario, manganeso, arsénico), materiales radioactivos naturales (como radio), y compuestos orgánicos disueltos de la propia roca (Carmalt & Moscariello, 2020; Wilke & Freeman, 2017). En algunos yacimientos de la formación Marcellus, estas aguas tienen altas concentraciones de sales radioactivas (Carmalt & Moscariello, 2020).
Emisiones a la atmósfera
Durante la perforación, el uso de motores diésel genera contaminación del aire. Además, hay fugas de metano —el componente principal del gas natural— a lo largo de todo el proceso. El metano es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2 (Carmalt & Moscariello, 2020; Bryant & Haggstrom, 2012). También se quema (se “flarea“) el gas sobrante, produciendo hollín, dióxido de azufre y otros contaminantes (Carmalt & Moscariello, 2020).
Ruido, tráfico y alteración del paisaje
Cada pozo requiere cientos de viajes de camiones para llevar agua, arena y equipos. Esto genera ruido constante (las operaciones son 24/7), polvo, desgaste de caminos y fragmentación de hábitats naturales (Carmalt & Moscariello, 2020).
Los efectos más graves del fracking en las poblaciones
La evidencia científica ha documentado impactos serios, sobre todo en personas que viven cerca de los pozos:
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A menos de un kilómetro, el riesgo se dispara: Un estudio en Pensilvania sobre 35,000 pacientes con asma encontró que quienes vivían cerca de pozos de alto rendimiento tenían 4.4 veces más probabilidades de necesitar tratamientos con corticosteroides orales (un indicador de crisis asmática grave) que quienes vivían lejos (Wilke & Freeman, 2017).
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Problemas en el embarazo: Investigaciones sobre más de 1.1 millones de nacimientos en Pensilvania mostraron que las madres que vivían a menos de 3 km de un sitio de fracking tenían mayor probabilidad de tener bebés con bajo peso al nacer, especialmente si estaban a menos de 1 km (Mueller, 2013).
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Contaminación de agua potable: Los análisis han encontrado que los niveles de metano en pozos de agua potable a menos de 1 km de un sitio de fracking son 6 veces más altos que en zonas alejadas, con etano 23 veces más alto, y en algunos casos se ha detectado propano directamente en el agua (Meng & Ashby, 2014).
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Sismicidad inducida: La inyección de aguas residuales en pozos profundos de disposición ha provocado aumentos en la frecuencia de sismos pequeños en varias regiones de Estados Unidos y Canadá (Meng & Ashby, 2014; Mueller, 2013). En México, la sismicidad aumentó 343% entre 2014 y 2017, coincidiendo con la época de mayor actividad de fracking no regulado (Mueller, 2013).
¿El fracking con agua salada y químicos menos contaminantes es viable o es especulación?
La realidad es que hay avances reales, pero con limitaciones importantes.
Agua salada (salobre o de mar) en vez de agua dulce
Sí, se puede usar, y ya se hace en algunos lugares. De hecho, una de las alternativas más prometedoras es usar aguas salobres subterráneas (con altos contenidos de sales) —que no sirven para consumo humano ni riego— en lugar de agua dulce (Mueller, 2013). También se puede tratar y reciclar el agua que retorna del propio pozo (flowback) usando técnicas como la electrocoagulación, que elimina los sólidos suspendidos sin necesidad de desalinizar el agua (Bryant & Haggstrom, 2012).
El reto es que el agua salada interfiere con los químicos tradicionales del fracking: las altas concentraciones de sales (especialmente calcio, magnesio y hierro) hacen que los polímeros que espesan el fluido no funcionen bien. Pero la industria ha desarrollado reductores de fricción de alta viscosidad (HVFR) que toleran mejor estas aguas.
Químicos “verdes” o menos tóxicos
No es especulación: ya existen fluidos de fracturación hechos exclusivamente con ingredientes aprobados como aditivos alimentarios (Generally Recognized as Safe, GRAS, de la FDA estadounidense). Estos fluidos usan gelificantes derivados de alimentos, biocidas reemplazados por luz ultravioleta, y reductores de fricción en polvo que eliminan la necesidad de transportar aceites minerales (Bryant & Haggstrom, 2012).
La ACS Green Chemistry Institute (una iniciativa de la Sociedad Americana de Química) tiene una mesa redonda dedicada específicamente a encontrar alternativas más verdes para los químicos del fracking. Han identificado áreas concretas donde se puede mejorar: usar polímeros biodegradables, eliminar solventes tóxicos como el diésel (que ya se reemplazó por aceites minerales hidrotratados), y desarrollar biocidas menos peligrosos.
Pero… hay peros importantes
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El problema del agua no es solo el origen: Aunque uses agua salada, el agua que retorna sigue trayendo metales pesados y materiales radioactivos de la roca. Hay que tratarla y disponerla adecuadamente (Carmalt & Moscariello, 2020).
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Las fugas de metano y la sismicidad no dependen de los químicos: Un fracking “verde” reduce el riesgo químico, pero no resuelve las emisiones de gases de efecto invernadero ni los sismos inducidos (Jung et al., 2015).
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Costo: Las tecnologías sin agua (CO2, nitrógeno, LPG) son más caras a corto plazo, aunque a largo plazo pueden ser más rentables si se evitan los costos de tratar y desechar aguas contaminadas (Zhang et al., 2018).
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El secreto industrial sigue siendo un obstáculo: Aunque ha mejorado la transparencia, en muchos casos las empresas siguen ocultando la composición exacta de sus mezclas, lo que dificulta evaluar su toxicidad real (Tollefson, 2013).
El caso específico de México
México tiene un potencial enorme de shale gas, concentrado en los estados del noreste (Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León) y en Veracruz. La reforma energética de 2014 abrió la puerta a la explotación comercial, y en 2018 se anunció la primera ronda de licitación específica para yacimientos no convencionales (Ronda 3.3) (Mueller, 2013).
Sin embargo, el análisis académico es contundente: México no está listo para regular adecuadamente el fracking. Un estudio publicado concluye que la complejidad regulatoria, la falta de personal especializado, los altos niveles de corrupción e impunidad, y la presión sobre los recursos hídricos hacen que —con todo y si se implementara una “regulación inteligente”— los impactos ambientales adversos serían muy probables (Mueller, 2013).
Además, el noreste de México es una zona con estrés hídrico severo, exactamente donde se planea la mayor actividad. Usar agua salobre podría aliviar parcialmente la presión sobre el agua dulce, pero requeriría inversiones significativas en infraestructura de tratamiento y transporte (Mueller, 2013).
Conclusión: ¿existe un fracking “limpio”?
No, no existe un fracking completamente limpio. Pero sí existen versiones menos contaminantes que la tecnología convencional.
Lo que hay que tener claro es que ninguna tecnología resuelve todos los problemas a la vez: la contaminación de acuíferos por migración de gas (metano), la sismicidad inducida y las emisiones de gases de efecto invernadero son problemas inherentes al fracking, independientemente de qué tan “verde” sea el fluido (Jung et al., 2015).
Como dice un artículo científico (Carmalt & Moscariello, 2020), la pregunta “¿es dañino el fracking para el medio ambiente?” no tiene una respuesta de sí o no. Es una cuestión que debe resolverse políticamente tanto como científicamente. En el caso de México, varios investigadores han sugerido que la opción más inteligente podría ser una moratoria hasta que se fortalezcan las capacidades regulatorias, de monitoreo y de gestión ambiental (Mueller, 2013).
Referencias
Bryant, J. E., & Haggstrom, J. (2012). An environmental solution to help reduce freshwater demands and minimize chemical use. SPE/EAGE European Unconventional Resources Conference and Exhibition. https://doi.org/10.2118/153867-ms
Carmalt, S. W., & Moscariello, A. (2020). Environmental issues related to fracking. The Journal of World Energy Law & Business, 13(4), 386–410. https://doi.org/10.1093/jwelb/jwaa039
Jung, H. B., Kabilan, S., Kuprat, A. G., Sharma, P., Kot, M. M., Varga, T., Bonneville, A., Fernandez, C. A., & McGrail, B. P. (2015). Stimuli-responsive/rheoreversible hydraulic fracturing fluids as a greener alternative to support geothermal and fossil energy production. Green Chemistry, 17(5), 2799–2812. https://doi.org/10.1039/c4gc01917b
Meng, Q., & Ashby, S. (2014). Distance: A critical aspect for environmental impact assessment of hydraulic fracking. The Extractive Industries and Society, 1(2), 124–126. https://doi.org/10.1016/j.exis.2014.07.004
Mueller, D. (2013). Identification and evaluation of brackish groundwater resources and alternate water sources for hydraulic fracturing operations. SPE Americas E&P Health, Safety, Security and Environmental Conference. https://doi.org/10.2118/163769-ms
Tollefson, J. (2013). Secrets of fracking fluids pave way for cleaner recipe. Nature, 501(7466), 146–147. https://doi.org/10.1038/501146a
Wilke, R. A., & Freeman, J. W. (2017). Potential health implications related to fracking. JAMA, 318(17), 1645. https://doi.org/10.1001/jama.2017.14239
Zhang, Z., Zhang, J., & Li, Y. (2018). Advances in waterless fracturing technologies for unconventional reservoirs. Energy Sources, Part A: Recovery, Utilization, and Environmental Effects, 41(2), 237–251. https://doi.org/10.1080/15567036.2018.1514430
Ficha de publicación: Rizoma Press. (2026, 25 de mayo). Fracking en México: ¿existe una versión menos contaminante?
